
EL OTRO DÍA ASISTÍ A UNA REUNIÓN DE LA MALETA ROJA Y LA ASESORA, QUE SE LLAMA CRIS, ME DEJÓ UNA PÁGINA QUE TIENE BUENA PINTA, PARA QUE TODAS LAS MARIPAVAS LES ECHEMOS UN VISTAZO Y PASEMOS UN RATILLO "AGUSTITO" CON ELLA.
AQUI OS DEJO EL ENLACE Y UNA HISTORIA PICANTE, QUE CRISTINA, LA ASESORA, ESCRIBIÓ.
La Maleta RojaSoy Ruth, treintañera, lectora empedernida y aficionada a la escritura. Por casualidades de la vida, me acaban de encargar mi primer relato. Ha de ser erótico, me dicen. Jamás imaginé que las primeras letras que fuera a publicar tuvieran que ser de este estilo. Y aquí me tienes delante del ordenador, tecleando dos frases para borrar tres. Imagino una y mil situaciones pero todo me parece más de lo mismo: cuando no es muy fantasioso es muy idealista. Echo mano de la lívido pero nada; empiezo, borro y vuelvo a escribir. No he pasado de la tercera línea.
La idea está; me gustaría poder describir en él la pasión, la ansiedad, la lujuria, la locura, el desenfreno, el deseo que pueden llegar a tener dos amantes. La verdad es que todo eso, si me pongo a pensar, tuve la suerte de vivirlo en un par de ocasiones con dos hombres distintos...
Uno, el primero, me sacaba bastantes años de diferencia. Era un hombre atractivo. De él no sólo me atraía su físico, sino también esa diferencia de edad y el cargo que ostentaba en la empresa que dirigía. Además, era un deseo prohibido: los dos estábamos casados.
La primera vez... ¡Uf! ¿qué decir, de la primera vez? Yo era una novata con un marido aburrido.
Recuerdo que me puse para la ocasión una camisa y una faldita plisada de cuadros escocesa y, por supuesto, mucho tacón. Tan sólo iba a tomar un café con alguien que había conocido casualmente en un chat por internet y tenía curiosidad por ver si lo que expresaban sus palabras era real. Lo primero que noté fue esa mirada que le caracteriza y que te hace sentir la mujer más deseada del mundo: me intimidaba. Estuvimos charlando durante largo rato. Sus ojos miraban de vez en cuando mi escote que dejaba entrever mi ropa interior entre los botones de mi camisa. Después de unas horas de charla, me acompañó hasta el coche. Sin yo esperarlo, me agarró por la cintura y me atrajo hacia él. Entonces, susurrándome al oído, me narró lo apetecible que estaba y cuanto deseaba besarme. Sus labios se pegaron a mi cuello y fueron deslizándose hasta llegar a mi boca. Me dejé llevar. Era un deseo irrefrenable que provocó que un escalofrío recorriera mi columna y me sacara fuera de mí.
Me invitó a subir a su coche y me llevó a una casita en las afueras. Al llegar me condujo a su habitación. Mientras él desabrochaba mi blusa, observó mi pecho firme y mis pezones duros que se abrían a sus manos. Me quitó la camisa, se apartó un poquito y los miró con detallada lujuria. Y allí estaba yo, desnuda de cintura para arriba, temblando. Le deseaba.
Acercó sus manos a mis pechos, los masajeó, los lamió, los mordisqueó. Me puso muy muy húmeda. No me preguntes por qué, pero ese día llevaba un tanga en forma de mariposa que jamás me había atrevido a usar antes; estaba hecho de tal forma que mi sexo quedaba al aire. El pasó su mano por mi falda, bajó por mis piernas, subió por la cara interna de mis muslos y cuando se disponía a retirar mis braguitas se llevo la sorpresa de tocar mis labios mojados; después, lamió sus dedos como si de un manjar se tratase. Le quité la ropa con prisas, con desespero; debajo de sus pantalones apareció un pene rígido, grueso, que me sorprendió. No me dejó que lo tocara. Me tumbó en la cama, me acabó de desnudar y sacó una botellita en forma de corazón de la mesita: era un aceite que derramó por todo mi cuerpo y allá donde caía un calor me penetraba. Bañó mis pezones, mi ombligo, mi pubis... yo me estremecía de placer, gemía mientras pasaba su lengua comiendo el aceite con sabor a frambuesa. Se detuvo en mi sexo y me lamió cual gatito lame su tazón de leche; comía mi clítoris, lo mordisqueaba, jugaba con él, sabía muy bien lo que tenía que hacer, la experiencia lo avalaba, y me llevo al éxtasis, a un orgasmo largo y duradero como hasta entonces no había sentido nunca.
Pero no podía dejar de desear ese pene duro, erecto dentro de mi boca. Le pedí que se tumbara. Le puse boca arriba, le lamí la oreja, el cuello, jugué con sus pezones, los mordí, bajé hasta su ombligo, me detuve en sus ingles y cuando finalmente fui a degustar ese festín que me esperaba, me dijo:
- No. Antes dame tu boca.- Me agarró los labios con una mano mientras con la otra me los impregnaba de un dulce gloss. Me estaba poniendo un brillo en los labios, no entendía nada; cuando terminó me ordenó:
- Ahora sí estas preparada: cómeme.
Mis labios sabían a fresa y notaba mucho frescor. Lamí la punta de su pene, lo chupé, lo apreté con mis labios, lo relamí, recorrí su grueso tronco de arriba abajo desde la puntita hasta la base, jugué con su frenillo muchas, muchas veces: era un caramelo exquisito.
Notaba como su miembro se excitaba cuando mi lengua jugaba con su glande; el cabrón se ponía duro muy duro. Oía su respiración agitada y, de momento, me paró, no me dejó seguir. Me sujetó por el cuello y puso su cara frente a la mía comiéndome la boca. Mi cuerpo quedó entonces encima del suyo. Me agarró por las caderas y me penetró. Galopé como un animal salvaje, en celo, mientras él miraba un cuerpo joven, terso, mis pechos agitados y calientes para él, hasta que lo oí gemir y cayó extasiado de placer.
Se levantó de la cama, me pidió la mano y me acompañó a la ducha. Allí lavó cuidadosamente cada centímetro de mi cuerpo muy muy dulcemente. Nos vestimos, me besó en la frente, bajé a coger mi coche y regresé a casa.
En los encuentros que vinieron después, siempre a escondidas, algunas veces me llevaba a la casita de la playa, otras al coqueto velero encallado en el puerto, las menos a los mejores hoteles de la capital. Allí dejábamos explotar esas oleadas de pasión y ese deseo que nuestros cuerpos acumulaban.
Coincidimos en algunos actos de la ciudad. Se colocaba detrás de mí y entonces podía sentir su mirada de deseo que me desnudaba: me costaba hasta respirar cuando notaba su aliento pegado a mi nuca. Me creaba ansiedad; era una locura pues no podía permitir que nadie lo percibiera.
Fui en resumen su juguete, un capricho, a veces una marioneta; me exhibía cual trofeo ante sus amigos más íntimos. Era la amante veinteañera. Aquello me excitaba, me ponía fuera de mí.
Con el tiempo, todo se volvió repetitivo y monótono. Alargamos cada vez más nuestros encuentros hasta que un día dejamos de vernos. Por entonces yo ya había conocido a un extranjero de mi misma edad, pero esta es otra historia para ser contada en otra ocasión. Mientras tanto, voy a ver si la inspiración me llega y puedo escribir el dichoso relato erótico.
Autora: Cristina de Dios Gil.
Cristina de Dios Gil
638.30.56.50
Asesora A-00243
Orihuela. Alicante
638.30.56.50
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1 comentario:
Espero que os guste y caliente motores. Me ha echo mucha ilusión verlo puesto en vuestro blog. besosss
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